Archivos Mensuales: septiembre 2012

Lubango. Las mentiras de Cristo Rei

Situada en la provincia de Huila, Lubango es una ‘gran ciudad’ a la que todavía le queda un gran camino por recorrer en materia de urbanismo y alcantarillado. Las calles con edificios bajos se apiñan rodeadas de extensiones de chabolas… y en medio de todo este polvo amarillento hay un centro comercial muy pequeño para lo que estamos acostumbrados, pero que sin duda debe de ser la atracción por excelencia de la ciudad.

Gracias a un taxista ‘oficial’ podemos ir a varios lugares que nos interesan. Entre ellos, un pequeño cementerio Boer (afrikaners de origen germano-holandés que se dispersaron fuera de las fronteras de Sudáfrica, país en el que se instalaron originalmente, para dedicarse al cultivo de la tierra y a la formación de grandes haciendas).

Lo encontramos gracias a las precisas indicaciones de la guía que llevamos (que normalmente no sirve de mucho), pero no porque Pedro, que así se llama nuestro conductor, tenga la más remota idea de que este recinto minúsculo está allí. El conductor es simpático y se ríe de las cosas que le preguntamos, como por ejemplo si es verdad que la enorme estatua de Cristo Rei, un remedo africano del Corcovado brasileño, fue víctima de los efectos colaterales de la guerra, tal y como figura en nuestra guía.

Pedro nos explica que Lubango apenas sufrió los rigores de la contienda, de manera que los estragos que luce la estatua de mármol blanco no se deben a ella. Al parecer, el rostro y la mano izquierda del enorme Jesucristo fueron destrozados por los propios soldados angoleños acuartelados en las inmediaciones.

Al parecer, cuando ya se habían tomado más Cucas (cerveza nacional) de las recomendables, los soldados hacían sus prácticas de tiro tomando la figura como diana. Asimismo, echaban a rodar acantilado abajo todo lo que ya se suponía que no tenía utilidad. Esto incluía ruedas, botellas, colchones y coches. De hecho, al mirar hacia abajo la cantidad de desperdicios que ‘decoran’ la falda de la montaña es considerable.

Una vez más, la leyenda se ha adornado para hacerla más atractiva. Sin embargo, no es el caso de nuestra siguiente parada: Tunda Vala, una fisura volcánica en medio de la Sierra de la Leba (Serra da Leba) que literalmente nos corta la respiración…

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Benguela

De piedra pómez nos quedamos al ver Benguela. Nuestro amigo Claudio nos advirtió de que era bastante peor que Lobito… y después de ver el estado de conservación de la ciudad portuaria nos temíamos lo peor. Sin embargo, hemos de concluir que Claudio es un excelente muchacho, pero en lo referente a urbanismo su criterio difiere bastante del nuestro.

Benguela tiene grandes avenidas y casas unifamiliares preciosas. Muchas se están cayendo a trozos y otras tantas están en vías de reforma. Sin embargo, es una ciudad que apunta maneras que que conserva buena parte del esplendor de la época colonial. En aquel tiempo, el puerto de esta ciudad ‘se especializó’ en la exportación de esclavos hacia Brasil.

Benguela es una bonita ciudad para pasear y su gente tiene fama de ser abierta, cordial y muy amable, aunque en realidad en este sentido no difiere mucho de lo que hemos encontrado estos días: si hay algo que destaca de Angola es su gente.

Vamos a la playa. Grande, concurrida y de arena amarilla acoge a los que van a descansar durante su tiempo libre y a los que practican Capoeira, esa lucha camuflada de danza y acrobacia que exportaron los esclavos negros a Brasil, país desde el que ha tenido una verdadera proyección.

Comemos en un sitio llamado Ferro Velho, un lugar lleno clientela blanca que parece estar residiendo en Angola por motivos profesionales. Algunos se divierten haciéndole faenas a un mono que hay enjaulado a la entrada. Después de esperar un rato, nos acomodan en una gran mesa en la que dos blancos están terminando de comer. El lugar está regentado por portugueses y precisamente es el ‘cozido’ portugués lo que tomamos allí.

Salimos encantados por la comida, porque no hay mosquitos, porque nuestro hotel es nuevo y está limpio, porque hemos venido por una carretera buena y porque no hemos tardado nada en encontrar simpáticos motoristas que nos lleven a nuestro alojamiento ¿Qué más se puede pedir?

Lobito. Vestigio colonial hecho pedazos

Lobito. | LdVPhotos

Por 1.000 Kwanzas tomamos un autobús que nos lleva de Sumbe a Lobito, uno de los mejores lugares del país para visitar, según nos contó Claudio en el trayecto hacia las cascadas de Binga. También nos contó que hay mucha mano de obra china porque el gigante asiático ha conseguido negociar la mayoría de las contratas importantes para construir la gran cantidad de infraestructuras que demanda una Angola paralizada por la guerra. Nos dice que buena parte de los 300.000 obreros orientales son presidiarios que conmutan 5 años de pena por cada dos que estén trabajando en el país africano.

También nos explica por qué en un par de ocasiones nos han tomado por cubanos al escuchar que hablábamos en español. Al parecer, Cuba y Angola tienen un acuerdo según el cual los facultativos caribeños ejercen la medicina en África a cambio de una sustanciosa subvención y de un no tan sustancioso sueldo.

Llegamos a Lobito, después de tres horas de trayecto por una carretera bien pavimentada (una de las pocas en Angola). Lobito es una ciudad portuaria con bastante actividad comercial, según se lee en la escasa información de la que disponemos. En su día, albergó una importante actividad económica y precisamente por eso fue un blanco fundamental en tiempos de la guerra.

A comienzos del siglo XX, de Lobito partía la línea de ferrocarril de Benguela, ideada por un empresario británico para transportar el cobre procedente de las minas de Katanga (Congo Belga) y exportarlo fácilmente desde un punto costero. Esta circunstancia hizo de Lobito una de las ciudades más prósperas de la colonia portuguesa, aunque también la confrontación arrasó con la vía férrea.

Después de los avatares bélicos Lobito es actualmente una mezcla de relucientes coches todoterreno, casas desvencijadas, edificios coloniales deteriorados, tiendas de telefonía y sucursales bancarias a la última. La línea ferroviaria que le dio fama no funciona, o al menos no encontramos actividad evidente.

Según parece, hasta 2006 hubo varios intentos de reconstrucción que acabaron  en papel mojado y únicamente los chinos apostaron por este proyecto a pesar de los obstáculos que frenaron al resto (terrenos minados, puentes destruidos y barrancos en el trayecto). Según parece se han destinado muchos millones de dólares e ingente mano de obra para recuperar la línea ferroviaria. Suponemos que pasará algún tren de vez en cuando; y dudamos de si lleva pasajeros o únicamente transporta mercancías.

Un paisano local nos asegura que sí, que el tren pasa al día siguiente a las siete de la mañana… pero en las instalaciones sólo vemos un oriental poniendo baldosas en el suelo. Y nada más.

Sumbe. La suerte de conocer a Claudio

El particular nos deja en Sumbe al azar. Es decir, a nuestro azar porque somos nosotros los que le decimos al conductor donde creemos que nos viene bien bajar con vistas a encontrar alojamiento.

Nada más poner el pie en el suelo un señor muy solícito nos ayuda en esta tarea: para a dos hombres que van en moto, con los que negociamos el precio de que carguen con nuestros cuerpos y nuestras inmensas mochilas hasta un hotel, pensión o similar.

El que me lleva a mi usa gafas, aunque una de las lentes luce una perfecta grieta que la divide en dos. El que pilota la motocicleta de Luis no, pero sujeta algunas piezas con alambres, lo cual tampoco da demasiada confianza. Naturalmente no llevamos casco ni nada que se le parezca, lo cual en Angola, cuyos índices de siniestralidad en la carretera amargarían la carrera de cualquier director general de Tráfico occidental, puede parecer una temeridad.

Sin embargo, el hecho de que casi no haya tráfico, de que las mochilas nos pesan en el alma y de que vayamos a la escandalosa velocidad de treinta kilómetros por hora nos anima a subir.

Por fin nos alojamos en el Residencial Sol, un hotelito muy modesto equivalente a un dos estrellas español, aunque la tarifa que pagamos es muy superior a los alojamientos de esa categoría que conocemos por aquí. Y es que venir a Angola obliga a olvidarse de las referencias en cuanto a los precios de casi todo.

Y es allí donde conocemos a Claudio, un angoleño que vivió durante bastante tiempo en Portugal y que conoce muy bien algunos de los lugares de la España más turística, y no sólo por haber frecuentado Fitur. Habla un español muy aceptable y se ofrece a llevarnos a las cataratas de Binga al día siguiente. Hacemos lo que no se nos pasaría por la imaginación en casi ningún lugar del mundo siendo turistas: aceptamos.

Corrijo, a mi no se me pasaría por la imaginación; a Luis le parece de lo más normal. Es lo que hace ser un viajero experimentado.

Por la mañana Claudio nos sube a un enorme todoterreno negro y de camino a las cataratas nos da consejos sobre las rutas más convenientes, nos habla de su estancia en España, de cómo ha evolucionado su país desde que acabó la guerra hasta ahora… y en más de una ocasión se nos pasa por la cabeza la idea de que estamos locos y de que en cualquier momento el amable Claudio mutará, parará el coche, nos devalijará y se reirá hasta que le duela el estómago de los pardillos blancos mientras nos deja tirados en alguna cuneta.

Corrijo de nuevo, ese temor sólo se me pasó por la cabeza a mi.

Pero no. Gracias a Claudio, que será importante también días después, vemos un lugar maravilloso: las cataratas de Binga.

El lugar está limpio y no se oye ni un sólo ruido, sólo el sonido del agua. Claudio dice que la estación de lluvias no ha sido generosa y por eso no se ven tan espectaculares. No tiene prisa por irse. Nos anima a hacer fotos y nos advierte de que estamos en la orilla buena, ya que en la otra hay cocodrilos.

Madrid-Luanda… ¡y rumbo a Sumbe!

Llegar a Luanda es hacerlo a una capital caótica en la que no obstante, y para suerte nuestra, el aeropuerto está situado dentro de la ciudad. Eso hace que en lugar de buscar alojamiento allí para nuestra primera noche podamos coger un taxi sin necesidad de regatear, porque va con taxímetro, y después un ‘particular’ (vehículo tipo furgoneta que hace trayectos más o menos programados de una ciudad a otra) que nos llevará a Sumbe, una localidad costera al oeste del país, en el distrito de Kwanza Sur.

El trayecto en el ‘particular’ es una de las experiencias más divertidas que se pueden vivir en África. Eso sí, siempre que te olvides por completo de cualquier normativa de tráfico y circulación de las que conoces.

Hacemos la espera en un lugar atestado de ‘particulares’ y de vendedores. Es curioso convertirse de la noche a la mañana en una especie de atracción turística por ser blanco; y eso es precisamente lo que nos sucede a nosotros, dado que nuestra raza allí no tiene prácticamente ninguna presencia y porque el turismo no existe.

Después de esperar a que el vehículo se llene; y cuando hablamos de llenarse lo hacemos de superar con creces la capacidad máxima a la que estamos acostumbrados los occidentales, nos apiñamos entre bultos, maletas, bolsas… hasta el punto de que te cuesta moverte y mirar por la ventanilla. El pasillo es un lugar perfectamente aprovechado y los niños ‘no cuentan’ porque van encima de sus madres o acurrucados en los huecos pequeños.

A lo largo del trayecto la gente grita, dormita, se ríe, discute, se apretuja contra ti, come (bien de lo que lleva consigo, bien de lo que compra durante las paradas a vendedoras que ofrecen su mercancía perfectamente apilada sobre la cabeza) y lanza todos los desperdicios por las ventanillas.

Las cunetas de Angola deben figurar entre las más sucias de todo el mundo. Justo al lado de los carteles y letreros que recomiendan la actitud cívica en lo referente a la gestión de las basuras se amontonan latas, botellas, miles de bolsas de plástico, restos de comida y cualquier cosa que no queramos.

En el trayecto no hay paradas fijas, o al menos hay bastante flexibilidad a la hora de hacer una pausa aquí o tres kilómetros más allá. Tú cargas con tu equipaje y tus bultos, que has de colocar en los resquicios que puedas. Pagas 2.500 Kwanzas (1 euro=128 Kwanzas) cuando puedas mover tus manos hasta el bolsillo y… ¿Ya estamos todos? ¡Pues nos vamos a Sumbe!