Nadie se queda en Kibala

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Tardamos alrededor de tres horas en llegar a Kibala y hacemos en trayecto, como casi siempre, en un todoterreno enorme, negro con llamas pintadas a los lados y colgajos en el espejo retrovisor. Todo ello después de la clásica persecución por la estación, de los tirones para que te vayas con uno o con otro y del regateo con los precios.

Esta ciudad en realidad es un cruce de camino sin más atractivo que una gasolinera moderna con una tienda de esas de 24 horas para comprar galletas y alimentos de primera necesidad. No hay más que un hotel denominado de una manera entre grandilocuente y cachonda Complejo Residencial Mena. El lugar está atendido por un par de muchachas de alrededor de 16 años que limpian las escuetas estancias con sus bebés cargados en la espalda.

No hay luz, ni agua corriente, así que salimos a dar una vuelta y nos cruzamos con un agente de inmigración en moto que, naturalmente, nos intercepta para pedir nuestra documentación y saber dónde nos alojamos. Todos los viajeros han de rellenar un formulario en cada hotel en el que se hospedan. A nosotros no nos han hecho rellenar nada… y es cuando manda llamar al gerente del hotel, que acude raudo con los huevos de corbata, ataviado con su mejor cordón de oro, su gorra y su polo nuevecitos del MPLA, partido omnipresente.

Después de rebuscar el libro de registro, de hacerle la pelota al agente Francisco y de cargarle el mochuelo a su ayudante “por no tener respeto por el trabajo” cumplimentamos la ficha, que parecía que el gerente hotelero no había visto ni una sola vez en su vida. Se da por hecho que yo no trabajo, que soy una mantenida, así que mis datos los rellenan sin preguntarme y en el apartado de profesión… nada; en blanco.

Kibala fue un lugar especialmente castigado por la guerra y buena prueba de ello es el rosario de fachadas agujereadas y fachadas medio derruidas. Según nos cuenta Francisco, del que acabamos haciéndonos amiguetes, “nadie se queda en Kibala”, por eso únicamente hay un alojamiento (en el que estamos) para trabajadores que están de paso.

Esperamos la llamada de Claudio, nuestro ‘salvador’ en Sumbe, que se comprometió a llevarnos a un lugar espectacular. Pero Claudio no llama y nosotros nos dedicamos a pasear de manera controlada. Según nos cuentan, todavía hay minas diseminadas por el terreno cercano. Y nos lo creemos.

Anuncios

Haz tu comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s