The WSJ se apunta al Club de la Comedia (mala)

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Yo creía que eso de incluir en los medios de comunicación tertulianos y columnistas tontos del culo que hablan de cualquier cosa sin tener la más remota idea de lo que dice era un fenómeno muy typical spanish; pero no. Ayer mismo me di cuenta, gracias a un tuit de la nutricionista Ráquel Bernácer (@aliment_ARTE), que este fenómeno parece estar bastante extendido, a juzgar por una columna pretendidamente jocosa firmada por Joe Queenan en The Wall Street Journal

Mientras medio mundo (sensato, se entiende) se deshacía en elogios hacia el estudio PREDIMED, una rigurosa investigación española encaminada a evaluar los efectos de la dieta mediterránea en la prevención primaria de enfermedades cardiovasculares, cuyos resultados se acaban de publicar en The New England Journal of Medicine, la revista de mayor impacto en la comunidad médica, el caballero en cuestión se sacó de la manga un artículo titulado ‘Nuestro derecho inalienable a engullir comida basura’ que no tiene desperdicio.

En un ejercicio de ignorancia suprema, y en contra de la opinión de todos los expertos que tratan de inculcar los verdaderos valores de la dieta mediterránea, Queenan la califica de “aburrida” “antideleite” y de “sentencia de muerte nutricional”, ya que según él, la juerga dietética únicamente se encuentra en las dobles cheeseburgers con una tonelada de bacon, los banana split, los perritos calientes sumergidos en chili, los zumos de colores imposibles (¿alguien ha visto una fruta que de forma natural dé jugo azul o verde fluorescente?) los cupcakes (magistralmente bautizadas como magdalenas de la señorita pepis por Paco a la Naranja) y en los batidos de nata y refrescos XXL, todo ello regado con siropes varios y toppings de colores que no son sino bolas de azúcar teñido.

Pero la cosa no queda en esa loa a la comida technicolor. En su escrito, el jacarandoso columnista no duda en meter a todos los estadounidenses en el mismo saco de estupidez en el que él habita afirmando sin rubor que sus compatriotas saben perfectamente que una dieta repleta de grasas saturadas y azúcares refinados es fatal para su salud y resta importancia a las conclusiones del PREDIMED pues son del tipo “un trabajo concluye que los que únicamente juegan al curling o al badminton tiene menos riesgo de lesionarse las rodillas”.

En su opinión nada modesta, el paladar estadounidense ha hablado claramente y se niega a aceptar los vegetales porque el precio de seguir una dieta “triste” es demasiado alto si lo único que se va a conseguir a cambio es vivir un par de años más. Prefieren arriesgarse nutricionalmente que morir de aburrimiento alimentario, vamos.

Señor Queenan: Si no fuera usted una persona tenida por influyente y culta (dice leerse 125 libros al año como mínimo) y sus dardos humorísticos no fueran dirigidos a tirar por tierra algo realmente serio, nos partiríamos de la risa; de hecho lo estuvimos haciendo en Twitter.

Lo que ocurre es que lo verdaderamente triste es tener que vivir polimedicado durante décadas aguantando efectos secundarios y reacciones cruzadas para tratar de paliar a duras penas la hipertensión, la hipercolesterolemia, la obesidad, el exceso de azúcar en sangre y todos esos factores de riesgo causados por esta alimentación tan divertida; factores que usted desprecia y que son la causa directa del 90% de los episodios cardiovasculares de los que habla el PREDIMED, y que también explica Valentín Fuster, un cardiólogo del que quizá no haya escuchado hablar; aunque debería.

A pesar de ser un español cuyo vigor está mermado por la dieta mediterránea (otra de las perlas del opinador) Fuster dirige el Instituto Cardiovascular del Monte Sinaí Nueva York y es, entre otras muchas cosas, asesor de Barack Obama en estos asuntos de la dieta y el corazón. Otra pista: es el médico en el que se inspiraron los creadores de ‘Barrio Sésamo’ para dar vida al doctor Valentin Ruster, el teleñeco que enseña a los niños a cuidarse, a comer sano y a no convertirse en bolas de sebo candidatas al infarto antes de cumplir la mayoría de edad; alguien a quien incluso usted podrá entender.

También es muy triste sufrir un infarto, ser operado para desatascar las arterias y es verdaderamente duro superar las secuelas de una isquemia cerebral. Tampoco es plato de buen gusto pasar por quirófano para recambiarse las rodillas o las caderas destrozadas a causa del sobrepeso o no poderse mover porque las articulaciones no aguantan los kilos de más y los pulmones no dan de sí. Es triste tenerse que pinchar insulina varias veces al día y alternar la aguja con los antidiabéticos orales… y ya me callo porque no quiero aguarle esa fiestuqui nutricional que tanto le gusta y que conduce directamente al infarto.

El remate llega con la frase estelar de “América fue construida por hombres y mujeres que jamás comieron rúcula” y acusa directamente a la dieta mediterránea de apagar el empuje de los griegos, italianos y españoles… lo que a su vez es causa directa de que nuestras economías vayan de pena; un no parar de reír, vaya. Para ilustrar semejante chascarrillo, se apoya en el hecho de que los alemanes “comen salchichas bratwurst hasta reventar” y sus finanzas están la mar de saneadas. En consecuencia, los pobres mediterráneos, y en concreto los españoles, deberíamos ingerir más grasaza para ver si así dejamos de tener un 25% de desempleo. Lógico.

Según Queenan, lo único bueno que tiene la dieta mediterránea, declarada por la UNESCO patrimonio inmaterial de la Humanidad porque representa un estilo de vida saludable que cultiva las relaciones personales y familiares, contribuye a la felicidad, preserva el medio ambiente, promueve el ejercicio suave y garantiza la agricultura sostenible, es que permite beber vino tinto en las comidas. De hecho es quizá la que más se ajusta a la idea que transmite la ADA (Academia de Nutrición y Dietética, sus siglas en inglés) de que no hay alimentos buenos y malos, sino conductas equilibradas o no.

“Desafortunadamente para mí, no bebo”, zanja Queenan. Después de leer semejante cúmulo de tonterías lo dudo mucho.

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