Una gruñona en el Paraíso

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Llegamos a la pensión Paraíso después de quedarnos con las ganas de un alojamiento bueno, bonito y barato que estaba completo muy a nuestro pesar (el sitio es encantador y la dueña también). No podemos ser muy exquisitos porque la oferta hotelera de Luanda es limitada y muy cara.

Muy pronto nos damos cuenta de que la capital de Angola poco o nada tiene que ver con el resto del país, así que entramos en el Paraíso encantados, como si de verdad fuera el que se describe en la Biblia. Es un lugar colonial, casero, lleno de plantas preciosas… regentado por una bruja que responde la nombre de María Eduarda.

María Eduarda es una vieja del demonio despótica y malhumorada con aires de señorita Escarlata que nos habla en un tono que, de tener otra alternativa para alojarnos, sería merecedor de un buen par de hostias. Pero no tenemos esa otra alternativa, así que nos tragamos los malos humos de la señora y nos apuntamos a la cena, que se hace en plan comunitario, como en un colegio pero bien.

La cena nos sabe a gloria y ni siquiera se nos atraganta un poco cuando nos enteramos de que cuesta la friolera de 30 dólares. Llevamos muchos días comiendo galletas o directamente nada, así que no le hacemos ascos a la sopa calentita ni a la carne en salsa. Ni a los manteles, ni a las servilletas, ni a los cubiernos, ni al pan…

La habitación es, con diferencia, la mejor de las que hemos tenido, aunque no deja de ser alucinante que te cobren 175 dólares por noche en un cuarto doble con la nevera vacía, sin objetos de cortesía, mal iluminado y con la taza del wc suelta. Eso sí, hay wifi y podemos mandar whatsapp a nuestros conocidos, que flipan con nuestra manera de viajar.

Acabamos de llegar a Luanda y ya somos conscientes de que la capital de Angola se parece poco o nada al resto del país. Por eso nos metemos en la cama después de una larga ducha ¡con agua caliente! y de un rato de televisión británica.

A la mañana siguiente, nos levantamos con energías renovadas, máxime cuando vemos la larga mesa en la galería acristalada en la que podemos desayunar como reyes. Hay de todo ¡hasta fruta! con la sonrisa puesta nos arriesgamos a preguntarle a María Eduarda la manera de partir a Kissama, un parque natural devastado por la guerra que está comenzando a prosperar gracias a una ardua tarea de repoblación.

Y en ese momento la sonrisa se transforma en una mueca helada.

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