Mirador de Lúa… y se acabó

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Tenemos ganas de volver a Madrid (ya lo he dicho unas cuantas veces). Aprovechamos para pasear, localizar las zonas donde paran los candongueiros que nos llevarán al aeropuerto el día de nuestra vuelta el lunes, damos vueltas desorientados por los mapas de la guía y afortunadamente descubrimos una parte de Luanda algo mejor. Sigue habiendo socavones en las aceras y zanjas por todas partes, pero es una zona más tranquila.

En el hotel vemos la tele y nos conectamos a red WiFi, yo escribo y finalmente nuestro vecino, un médico cubano casado con una mujer bigotuda y encantadora, me da palique y me presenta a un amigo suyo que conoce bien España. Casado con una barcelonesa, este angoleño altísimo de ascendencia portuguesa adora Zaragoza y Valladolid. Le gusta Madrid y aborrece Cataluña, donde dice no haber tenido buenas experiencias.

El domingo nos armamos de valor y localizamos un coche que nos llevará al Mirador de Lúa (Miradouro da Lua); eso sí, guiándole nosotros porque no sabe dónde queda eso. Por el camino para para enseñarnos el mercado de Benfica (pulseritas, figuritas, pieles, tallas de madera, máscaras… nada que no podamos encontrar en la Semana de Angola de El Corte Inglés; cuando la hagan). Por 5.000 kwanzas más nos lleva a la desembocadura del río Kwanza. Él dice que hay cocodrilos, pero afortunadamente sólo vemos cangrejos rojos.

Llegamos al mirador. Se trata de un paísaje rojizo formado a base de agujas esculpidas en la roca por el viento y (en su día) el agua. Es un entorno que, para variar, está desaprovechado y lleno de basura. No da tanto vértigo como Tunda Vala, pero el paisaje merece la pena, tanto el que hay allí como el que encontramos en el camino… plagado de Imbondeiros; esos baobas tan particulares que nos han dejado fascinados.

Eterno Centinela

Abandonado y solo, 
el Imbondeiro, 
figura milenaria del interior, 
tiene la dolorosa expresión 
de quien fue condenado 
de por vida 
a sufrir la costa de África 
que maldijo su suerte. 

No conoce los milagros del amor, 
y junto a sí jamás tuvo 
el cariño o la ternura 
sanadora de la humilde flor 

Imbondeiro desgraciado, 
filósofo triste y pensativo, 
filósofo del paisaje, 
mártir y santo que alguien hubiese encontrado 
en el Infierno de Dante 
y le trajese a este sol abrasador: 

– ¡Eres tú la estatua gigante 
de mi dolor!

Tomás Vieira da Cruz

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