Periodistas poco valorados… ¿con razón?

"Hola, me llamo Alejandra y soy periodista". | FreeDigitalPhotos.net

“Hola, me llamo Alejandra y soy periodista”. | FreeDigitalPhotos.net

Cuando leí que Angelina Jolie había decidido someterse a una doble mastectomía  a causa del alto riesgo de padecer cáncer de mama debido a una infrecuente mutación genética (y al indudable pavor que debe infundir ver morir a tu madre y a tu tía del mismo mal) me eché a temblar; y con razón. Casi a la misma velocidad que la noticia cruzaba el mundo, comenzaron a aflorar estupideces en los medios de comunicación y, por qué no decirlo, entre los comentarios de los lectores; es lo que tiene el cuore.

Por cierto, alguien debería explicarles a los usuarios que el mero hecho de que se abran comentarios en una noticia no implica la obligatoriedad de meter una parrafadita cuajada de insultos a Dios y al Demonio con calzador, especialmente si no se tiene ni la más remota idea de lo que se habla o sin siquiera haberse leído el contenido de la noticia que supuestamente se va a enriquecer con la aportación genial de turno. Pero a lo que íbamos, que yo de quien me quería avergonzar en esta entrada es de los periodistas, es decir, de mis supuestos colegas.

Después de atizarme varios tranquilizantes (todos legales) y de comprobar que algunos medios ampliaban la información de la intervención de la actriz desde sus secciones de salud y preguntando a los especialistas; además de leer que el genial blog Magonia ponía en su sitio a una de las autoras de las estupideces conspiranoicas a las que hacía alusión antes, decidí no volverme loca ni desempolvar una entrada antigua acerca de la necesidad de que haya periodistas especializados en salud. De salud por ser el caso que nos ocupa, pero yo apuesto por la especialización periodística en todos los ámbitos.

Ilusa de mí, pensaba que una vez pasada la tormenta Jolie, estaría una temporada sin sobresaltos periodistocomedicosaludables. Pero no, era un espejismo.

Esta vez, la responsable de que quisiera ponerme una bolsa en la cabeza para salir a la calle fue Esther Samper (@Shora), autora del blog Medtempus, sobre Salud y Medicina. En su última entrada, esta médica e investigadora mostraba su perplejidad ante la publicación en el suplemento A tu Salud, del diario La Razón de una noticia que desmentía la relación entre la ingesta de refrescos azucarados y la obesidad infantil. De traca.

En la entrada a la que me refiero, Samper hace lo que debería hacer un periodista supuestamente especializado en caso de que un press release sobre semejante estudio llegase a su buzón:

  • Saltar de la silla al ver semejante titular.
  • Leer de cabo a rabo la noticia. Recuperar el aliento. Volver a leerla.
  • Extrañarse porque las conclusiones van en contra de toda la evidencia científica disponible hasta el momento.
  • Preguntarse por la publicación de referencia.
  • Buscar el trabajo aludido.
  • Leerlo y destriparlo; lo que incluye tomar en cuenta la muestra, la tasa de abandono, la metodología del trabajo… y clavar los ojos en…
  • ¡LOS CONFLICTOS DE INTERÉS!

Todo eso antes de revisar los trabajos más significativos al respecto (en el caso del consumo de refrescos azucarados y su relación con la obesidad infantil es tanta la cantidad que casi con taparse los ojos y lanzar el dedo al azar ya encontraremos varios estudios y referencias de calidad sobre el tema), de llamar a media docena de especialistas en la materia para que me sacaran (o no) de mi asombro, de evaluar el impacto de la publicación que recoge el trabajo (en este caso casi por debajo de cero), comentarlo con otros colegas, partirme de risa y llamar a las empresas que figuran en el apartado de la financiación del susodicho trabajo para que me sacaran (o no) de mi asombro.

Pero claro, todo esto lo haría si de lo que se tratase fuera de escribir un artículo en condiciones, no de colar un publirreportaje basándome en un trabajillo de hace tres años de la manera más zafia, ya que la noticia está encuadrada en un tono azul, dando a entender que puede serlo (o no), pero sin especificarlo.

Sigo cuestionándome si los que mandan en las empresas de información creen de verdad que no hace(mos) falta periodistas especializados; sigo lamentándome de que esta profesión cada vez tenga menos que celebrar; pero sobre todo me pregunto de qué nos extrañamos cuando en el último barómetro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CISC) jueces y periodistas salen como las profesiones peores valoradas por la ciudadanía.

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