Un soplo de aire fresco

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La última vez que hablé con David Jiménez (@DavidJimenezTW), corresponsal en Asia de El Mundo, fue por email para despedirme de él y decirle que dejaba Unidad Editorial antes de que Unidad Editorial me dejase a mí. Poco antes también habíamos tenido un intercambio de correos muy divertido a cuenta de una chorizada a la que los periodistas casi nos hemos acostumbrado, que es el plagio  y el robo descarado. Un listillo que forma o al menos formaba parte de esas plataformas de blogueros que no se sabe bien de dónde han salido copió y pegó íntegra y literalmente una entrada del Blog de David y la hizo pasar por suya. Él lo contaba en El artículo que creí haber escrito y denostaba a estos “vampiros digitales”.

He de decir que los responsables de la plataforma se deshicieron en disculpas cuando les escribí adjuntando el enlace original y el copiado. Sin embargo, el episodio me dejó un cierto regusto agrio. En realidad, este comportamiento no es nuevo, aunque el entorno 2.0, la nube y todas estas zarandajas internecias han propiciado que se multiplique de manera absolutamente impune.

Lo más doloroso no es que estas tropelías las cometan quienes no tienen ni la más remota idea de lo que es el periodismo, por mucho que tengan un blog, desarrollen una actividad febril en Twitter y se pasen la vida subiendo fotografías con filtros a Facebook o Instagram (hechas con el móvil, eso sí) pensando que sin duda el próximo premio de fotoperiodismo recaerá en él y en su smartphone.

Lo verdaderamente triste es que ciertas prácticas escandalosas las cometa un medio de comunicación en toda regla y que la manera chapucera y low cost de hacer las cosas se haya extendido en el medio profesional hasta el mundo de premiar ciertos comportamientos en pos de chorradas como “la revolución digital”, “la inmediatez de Internet” o adelantarse unos segundos a la competencia en noticias tan intrascendentes como la caída de culo de Lady Gaga en un concierto.

David acaba de presentar El lugar más feliz del mundo, un libro en el que vuelve a dignificar esta profesión y que hace que una albergue la esperanza de que no todo está perdido. En varias de sus entrevistas promocionales, en el libro Queremos saber sobre la crisis de la profesión y en alguna que otra declaración siempre le he visto reivindicar la calidad por encima de la cantidad y el juicio crítico y la visión diferenciada y diferenciadora por encima de lo que dice todo el mundo; es decir, periodismo puro, independientemente de si luego lo vas a escribir, lo vas a volcar en un editor de internet o lo vas a gritar a los cuatro vientos.

Señores de los medios que actualmente se devanan los sesos por buscar una fórmula para que funcione esa cosa llamada nuevo periodismo, parafraseando a Jiménez: “me parece una farsa al lector reemplazar a corresponsales por periodistas que tienen que escribir 45 artículos para llegar a fin de mes. Es un periodismo de bajo coste incompatible con la calidad: si pagas una mierda por crónica, recibirás una mierda de crónica”.

A lo que yo añado:

  • No se puede hacer un ‘En vivo’ de la crisis nuclear de Fukushima sentado delante de un ordenador fusilando teletipos y machacando fotos, máxime cuando tenemos al corresponsal allí (¿adivinan quién?), aunque vaya a tardar dos horas en llegar al lugar. Si al menos le cambiasen el nombre por ‘Última hora’ no quedaría tan fatuo y tan falso; aunque quizá el término no es 2.0, eso es cierto.
  • No se puede medir el éxito de la información que se ha dado sobre un tema por la cantidad de pinchazos que han recibido los enlaces, muchos de los cuales están mal puestos.
  • No se puede llamar reportaje a un artículo de ocho párrafos de los cuales cinco son un refrito mal hecho de un teletipo de una agencia griega que hemos traducido con Google Translator.
  • No se puede entrar en barrena por la última estupidez de Rihanna grabando un videoclip, ni por la sandez que haya dicho un famosete en Twitter y, muchísimo menos, no nos podemos creer a pies juntillas lo que se escupe en Twitter o en un blog cuyo autor nos resulta completamente desconocido.
  • No se puede pretender hacer buen periodismo si para que Google no nos “penalice en los buscadores” repetimos la misma palabra 25 veces en una portada. Claro, que eso de usar sinónimos es prehistórico.
  • Robar está feo siempre. Esto se aplica a las fotos, aunque estén en internet e “Internet es de todos”. Si encima las robas, las usas “y si nos dicen algo reculamos” hablamos de alevosía, y eso es aún peor.
  • La máxima que nos guíe no puede ser “salimos de cualquier manera y ya lo arreglamos”. Salvo la caída de las Torres Gemelas o que asesinen a Obama mientras da un discurso nada corre tanta prisa como para dejarte medio teletipo colgando de la noticia supuestamente buena.
  • No se puede afirmar con rotundidad que Madonna es apodada la Ambición Rubia en honor a Marilyn Monroe porque “sale en Google” en dos páginas escritas por botarates que nadie sabe quienes son.
  • En definitiva, no se puede aspirar a ser The New York Times cuando no hay ni gente, ni medios ni recursos para hacer las cosas ni siquiera a la altura de un catálogo de muebles de formica.

Por todo eso y por mucho más, libros, artículos y ejemplos como el de Jiménez son, para el resto de plumillas apasionados por esta profesión, un soplo de aire fresco.

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