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Camino a Luanda

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Mendes y los suyos nos traen de regreso de las cataratas de Kalandula y nos dejan en la parada del autocarro (autocar) que nos llevará a Luanda. Nos fiamos de su palabra porque nos han dado muestras de su buena voluntad, pero en realidad el lugar en el que nos sueltan no luce ninguna muestra, por mínima que sea, de que allí para un vehículo de transporte de personas.

Bueno sí. Un grupo de mujeres de apiña bajo la escasa sombra que da un árbol mientras ordenan botellas de agua, refrescos, naranjas, mandioca… en los grandes barreños que luego se ponen en la cabeza para ofrecerla a los viajeros por las ventanillas de los coches y autobuses que paran… cuando paran.

Dan el pecho a sus hijos, se retiran a hacer pis (no mucho, la verdad), peinan las trencitas de sus compañeras y se ríen y hacen bromas con nosotros. Alucinan de que dos blancos hayan llegado allí de no se sabe dónde y estén esperando no se sabe bien qué. Nos ofrecen sus asientos para que no nos cansemos y nos invitan a meternos bajo la sombra para que nos nos dé una insolación.

Cuando les explicamos que queremos coger el autocar para Luanda abren mucho los ojos, porque calculan que quedan aún un par de horas para que pase, algo que no nos conviene en absoluto, ya que llegaríamos a la capital de noche. Esto no es recomendable en ningún lugar del mundo de cara a conseguir alojamiento, pero es especialmente peliagudo en Luanda, donde la seguridad ciudadana (especialmente para los extranejeros) no está garantizada.

De esta manera, nos aconsejan viajar en algún vehículo particular o en un camión de mercancías. Hacemos autostop y ellas van dando su veredicto acerca del vehículo que más nos conviene. Descartan algunos rápidamente mientras agitan vigorosamente sus manos indicando que ni hablar “no, no, no, ese carro no, que os matáis en la carretera”. Entre eso y las estadísticas de siniestralidad que hemos leído, les hacemos caso a pies juntillas.

Providencialmente pasa un minibús bastante nuevecita y dan su aprobación prácticamente de inmediato. Hablan con el conductor, que accede a llevarnos a cambio de una cantidad razonable. Las mujeres nos ayudan a subir las mochilas a bordo y se despiden de nosotros muy contentas. Encontrarlas ha sido uno de los mejores momentos del viaje.

El chico que nos ha recogido nos explica que el minibús pertenece a una empresa y que se supone que no puede hacer de taxi, aunque claramente se salta esa norma a la torera para ganarse un dinero extra. Asimismo, nos dice que cuando la policía que se encuentra apostada por la carretera nos pare para cobrar la “gasosa”, el soborno de rigor para poder continuar nuestro camino, no debemos decir que hemos pagado por ir con él.

Le hacemos caso, por supuesto. En dos o tres ocasiones paran el vehículo estos policías ataviados con uniformes impecables, boina y guantes blancos. Todos se portan de forma prepotente y despótica y miran nuestros pasaportes minuciosamente, aunque sospecho que más de uno no sabe ni leer. Más que nada porque se queda mirando mi cara mientras observa el visado de cuando viajamos a Mongolia.

Llegamos a Luanda y rápidamente nos percatamos de que la frase de nuestra guía en la que leíamos que el tráfico en la capital de Angola era “caótico” está incompleta. Debería decir, además, que es “arriesgado y peligroso hasta rozar el drama”.

Le pedimos al conductor que remate la faena de buscarnos hotel a cambio de un suplemento y, naturalmente, acepta. Para él, hemos sido también un golpe de suerte completamente inesperado.

… Y Claudio llamó

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Después de esperar y desesperar en Kibala, ese cruce de caminos en el que nadie se queda, Claudio nos llama con muchas horas de retraso sobre lo previsto, una prueba más de que el concepto del tiempo difiere considerablemente de unos lugares a otros. Su mañana se ha convertido en tarde y sus 10 minutos en hora y media y por eso hasta el último minuto planea sobre nosotros la duda de que nuestro conocido se acuerde de nosotros. Sigue leyendo