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Seguimos en Namibe

Namibe es una ciudad costera del estilo de Benguela, aunque no tiene residencias privadas tan buenas. Hay muchos edificios coloniales hechos polvo y se hace patente la misma falta de mantenimiento que en el resto de lo que hemos visto ya. Hay un jardín público que tiene muy buena pinta… pero está cerrado; un mercado de frutas y verduras muy curioso… prácticamente vacío y otro de pescado en el que hay más gente fuera que dentro del recinto.

Hemos huido de la trampa eléctrica y nos hemos alojado en un recinto de bungalows construidos a partir de los contenedores que se emplean para transportar las mercancías en barco. Es un sitio original, limpio y muy bien arreglado. Nos encontramos bien y prolongamos nuestra estancia más de lo previsto, ya que hemos ido ganando días al calendario original.

Paseamos por la playa, donde cientos de niños juegan y pescan en un pantalán que se vendrá abajo el día menos pensado. En el paseo martícimo se agolpan los jóvenes en el equivalente a nuestro botellón cuando empieza a caer la tarde.

Justo al salir de nuestro alojamiento tenemos el mar. Un mar tranquilo con unos atardeceres espectaculares; rasgados por la presencia de dos barcos que encallaron en su día y que allí se quedaron para formar parte de un paisaje fantasmagórico y relajante a la vez.

De una de las naves apenas quedan vestigios metálicos repartidos aquí y allá. El otro navío es un barco enorme de Cabo Verde llamado Independencia. El casco se conserva prácticamente entero por fuera, aunque el agua salada ha devorado la nave por dentro.

A nosotros nos encanta este lugar, donde seguimos siendo “los blancos”. La recepcionista de nuestro hotel nos pregunta muy extrañada si España no tiene representación en los Juegos Olímpicos de Londres. Le decimos que sí, que claro, y que ya estamos al tanto, gracias a nuestros teléfonos, de la primera medalla de oro (windsurf femenino, con Marina Alabau). La chica es risueña y se hace de cruces…”y ¿entonces qué hacéis aquí?”

Personalmente, yo lo que hago allí es olvidarme de que a la vuelta no iré más al periódico en el que he trabajado durante 16 años, recordar que tengo mucha suerte por vivir donde vivo y tener la hija que tengo y repetirme una y otra vez que se puede ser extraordinariamente feliz con pocas cosas. En sitios como este uno abre su mente y, en cierta manera, recupera la fe en el ser humano; ése que tanto me decepciona habitualmente.

Descanso en Namibe

Llegamos a Namibe en autobús; un buen autobús que atraviesa una zona desértica llena de encanto en la que vemos algunos pobladores de tribus ancestrales. La pensión Mariner es cara, cutre y está llena de mosquitos del tamaño de perros de presa, pero tras recorrer Namibe cargados como mulas y encontrar la exigua (y mucho más cutre) oferta hotelera al completo nos conformamos. Decidimos que vamos a dormir con mosquiteras para que no nos ataquen esos bichos alados y salimos a cenar un bacalao espantoso que haría jurar en arameo a Vasco de Gama.

A la vuelta nos damos cuenta de que nuestras luces no funcionan y afortunadamente avisamos al muchacho de la recepción. Muy solícito viene a solucionar el incidente y sufre una descarga que deja sin luces a todo el hotel y le hace dar un salto hacia atrás que ni el mismísimo Batman. Pocos después la luz vuelve y aunque el chico se queja de la mano no hay que lamentar males mayores.

Tras partirnos de risa y dar gracias a Dios por no haber tenido la ocurrencia de acercarnos a ese nido de cables por nuestra cuenta nos embadurnamos de Relec, nos metemos debajo de nuestras redes salvadoras y decidimos buscar otro alojamiento al día siguiente.