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Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así.

La niña del Magnum. Luanda. Angola2012. | LdVPhotos

La niña del Magnum. Luanda. Angola2012. | LdVPhotos

Me levanto con la canción de Serrat pegada a mi cerebro. Hoy nos vamos a Madrid. Rezo para que no haya retrasos y para que la vuelta a España sea tranquila. Este viaje ha sido inolvidable y a pesar de que no hemos podido ver todo lo que queríamos hemos aprendido muchas cosas; yo sobre todo.

Entre otras, que el tiempo es relativo, que la mayoría de las cosas no son para anteayer y que cuando nos cabreamos y hablamos de que “esto es tercermundista” no tenemos ni la más remota idea de lo que estamos diciendo. Es una frase que he logrado erradicar de mi vocabulario. Ahora me resta asimilar las otras dos máximas.

Hemos desayunado bien, hemos cogido el candongueiro a tiempo, el muchacho ha sido la mar de honrado al devolvernos un billete que se nos había extraviado, volvemos con 45 tapones de plástico para destinarlos a una buena causa y yo he podido tomarme un Magnum de avellanas y chocolate negro, una variedad que no he encontrado en España.

¿Qué más se puede pedir después de haber disfrutado de unos días en un país fantástico en la mejor de las compañías? Pues que sigamos teniendo las mismas ganas de viajar, la misma ilusión por aprender y la misma inquietud por hacer algo diferente.

Os esperamos en la próxima aventura; africana… o no. Hasta siempre.

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Una gruñona en el Paraíso

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Llegamos a la pensión Paraíso después de quedarnos con las ganas de un alojamiento bueno, bonito y barato que estaba completo muy a nuestro pesar (el sitio es encantador y la dueña también). No podemos ser muy exquisitos porque la oferta hotelera de Luanda es limitada y muy cara.

Muy pronto nos damos cuenta de que la capital de Angola poco o nada tiene que ver con el resto del país, así que entramos en el Paraíso encantados, como si de verdad fuera el que se describe en la Biblia. Es un lugar colonial, casero, lleno de plantas preciosas… regentado por una bruja que responde la nombre de María Eduarda.

María Eduarda es una vieja del demonio despótica y malhumorada con aires de señorita Escarlata que nos habla en un tono que, de tener otra alternativa para alojarnos, sería merecedor de un buen par de hostias. Pero no tenemos esa otra alternativa, así que nos tragamos los malos humos de la señora y nos apuntamos a la cena, que se hace en plan comunitario, como en un colegio pero bien.

La cena nos sabe a gloria y ni siquiera se nos atraganta un poco cuando nos enteramos de que cuesta la friolera de 30 dólares. Llevamos muchos días comiendo galletas o directamente nada, así que no le hacemos ascos a la sopa calentita ni a la carne en salsa. Ni a los manteles, ni a las servilletas, ni a los cubiernos, ni al pan…

La habitación es, con diferencia, la mejor de las que hemos tenido, aunque no deja de ser alucinante que te cobren 175 dólares por noche en un cuarto doble con la nevera vacía, sin objetos de cortesía, mal iluminado y con la taza del wc suelta. Eso sí, hay wifi y podemos mandar whatsapp a nuestros conocidos, que flipan con nuestra manera de viajar.

Acabamos de llegar a Luanda y ya somos conscientes de que la capital de Angola se parece poco o nada al resto del país. Por eso nos metemos en la cama después de una larga ducha ¡con agua caliente! y de un rato de televisión británica.

A la mañana siguiente, nos levantamos con energías renovadas, máxime cuando vemos la larga mesa en la galería acristalada en la que podemos desayunar como reyes. Hay de todo ¡hasta fruta! con la sonrisa puesta nos arriesgamos a preguntarle a María Eduarda la manera de partir a Kissama, un parque natural devastado por la guerra que está comenzando a prosperar gracias a una ardua tarea de repoblación.

Y en ese momento la sonrisa se transforma en una mueca helada.

… Y Claudio llamó

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Después de esperar y desesperar en Kibala, ese cruce de caminos en el que nadie se queda, Claudio nos llama con muchas horas de retraso sobre lo previsto, una prueba más de que el concepto del tiempo difiere considerablemente de unos lugares a otros. Su mañana se ha convertido en tarde y sus 10 minutos en hora y media y por eso hasta el último minuto planea sobre nosotros la duda de que nuestro conocido se acuerde de nosotros. Sigue leyendo

Seguimos en Namibe

Namibe es una ciudad costera del estilo de Benguela, aunque no tiene residencias privadas tan buenas. Hay muchos edificios coloniales hechos polvo y se hace patente la misma falta de mantenimiento que en el resto de lo que hemos visto ya. Hay un jardín público que tiene muy buena pinta… pero está cerrado; un mercado de frutas y verduras muy curioso… prácticamente vacío y otro de pescado en el que hay más gente fuera que dentro del recinto.

Hemos huido de la trampa eléctrica y nos hemos alojado en un recinto de bungalows construidos a partir de los contenedores que se emplean para transportar las mercancías en barco. Es un sitio original, limpio y muy bien arreglado. Nos encontramos bien y prolongamos nuestra estancia más de lo previsto, ya que hemos ido ganando días al calendario original.

Paseamos por la playa, donde cientos de niños juegan y pescan en un pantalán que se vendrá abajo el día menos pensado. En el paseo martícimo se agolpan los jóvenes en el equivalente a nuestro botellón cuando empieza a caer la tarde.

Justo al salir de nuestro alojamiento tenemos el mar. Un mar tranquilo con unos atardeceres espectaculares; rasgados por la presencia de dos barcos que encallaron en su día y que allí se quedaron para formar parte de un paisaje fantasmagórico y relajante a la vez.

De una de las naves apenas quedan vestigios metálicos repartidos aquí y allá. El otro navío es un barco enorme de Cabo Verde llamado Independencia. El casco se conserva prácticamente entero por fuera, aunque el agua salada ha devorado la nave por dentro.

A nosotros nos encanta este lugar, donde seguimos siendo “los blancos”. La recepcionista de nuestro hotel nos pregunta muy extrañada si España no tiene representación en los Juegos Olímpicos de Londres. Le decimos que sí, que claro, y que ya estamos al tanto, gracias a nuestros teléfonos, de la primera medalla de oro (windsurf femenino, con Marina Alabau). La chica es risueña y se hace de cruces…”y ¿entonces qué hacéis aquí?”

Personalmente, yo lo que hago allí es olvidarme de que a la vuelta no iré más al periódico en el que he trabajado durante 16 años, recordar que tengo mucha suerte por vivir donde vivo y tener la hija que tengo y repetirme una y otra vez que se puede ser extraordinariamente feliz con pocas cosas. En sitios como este uno abre su mente y, en cierta manera, recupera la fe en el ser humano; ése que tanto me decepciona habitualmente.

Benguela

De piedra pómez nos quedamos al ver Benguela. Nuestro amigo Claudio nos advirtió de que era bastante peor que Lobito… y después de ver el estado de conservación de la ciudad portuaria nos temíamos lo peor. Sin embargo, hemos de concluir que Claudio es un excelente muchacho, pero en lo referente a urbanismo su criterio difiere bastante del nuestro.

Benguela tiene grandes avenidas y casas unifamiliares preciosas. Muchas se están cayendo a trozos y otras tantas están en vías de reforma. Sin embargo, es una ciudad que apunta maneras que que conserva buena parte del esplendor de la época colonial. En aquel tiempo, el puerto de esta ciudad ‘se especializó’ en la exportación de esclavos hacia Brasil.

Benguela es una bonita ciudad para pasear y su gente tiene fama de ser abierta, cordial y muy amable, aunque en realidad en este sentido no difiere mucho de lo que hemos encontrado estos días: si hay algo que destaca de Angola es su gente.

Vamos a la playa. Grande, concurrida y de arena amarilla acoge a los que van a descansar durante su tiempo libre y a los que practican Capoeira, esa lucha camuflada de danza y acrobacia que exportaron los esclavos negros a Brasil, país desde el que ha tenido una verdadera proyección.

Comemos en un sitio llamado Ferro Velho, un lugar lleno clientela blanca que parece estar residiendo en Angola por motivos profesionales. Algunos se divierten haciéndole faenas a un mono que hay enjaulado a la entrada. Después de esperar un rato, nos acomodan en una gran mesa en la que dos blancos están terminando de comer. El lugar está regentado por portugueses y precisamente es el ‘cozido’ portugués lo que tomamos allí.

Salimos encantados por la comida, porque no hay mosquitos, porque nuestro hotel es nuevo y está limpio, porque hemos venido por una carretera buena y porque no hemos tardado nada en encontrar simpáticos motoristas que nos lleven a nuestro alojamiento ¿Qué más se puede pedir?